viernes
Ayer estuve llorando. Me senté en la orilla de la cama y mientras mi chico escuchaba como lloraba, yo, hablaba sin cesar, de lo que sentía en ese momento. Desfogué tanto mi cerebro, que cuando terminé de pensar en todo lo que me hace sentir triste, me recosté, cansada, agotada, exhausta. Le tomé de la mano, y esa mano la puse en mi rostro. Me acurruqué en su pecho, y cerré los ojos. Aunque había dicho que ya no quería estar con él, al sentir su calidez, me di cuenta de que sería lo úlltimo que haría. No puedo estar sin él, porque él no es el origen de mis males. En realidad todo es culpa de el estancamiento del que me siento presa. Y él, es mi confrontación con la realidad. No sé si alguna situación similar se me había presentado, pero ayer, si sentí como mucha frustración se me fue por el llanto. Dormimos juntos. Extrañaba estar con él, a solas, en la oscuridad de la habitación, donde reina la tranquilidad del lecho. Donde sólo importa que nuestras pieles estén percibiéndose. Donde somos él y yo, sin ningún mote, más los que surgen entre nosotros. No importa que hacemos y de donde venimos. Sólo importa que estamos enamorados y que queremos estar juntos.
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