viernes

No llega nadie, ¿verdad?, le pregunté mientras miraba a la puerta de la recámara. Todo hundido en sombras, y sólo la luz se filtraba por la ventana junto a la cama. La lluvia, afuera, repiqueteaba en el cristal y Portishead sonaba en la mac del otro cuarto. Él me besaba lentamente la espalda, deteniéndose en los puntos donde yo dejaba escapar un suspiro. Pensaba que nunca lo había hecho mientras llovía afuera, pero ahora no sé si eso fuera imposible. Pensaba que no lo había hecho mientras sonaba Mysterons, pero que además no lo hacía desde hace meses. Me sentía dentro de una burbuja que no permitía pensar en otra cosa más que lo que estaba pasando en su cama. Una cama alta, destendida y llena de ropa de días anteriores. Yo aún tenía las calcetas de rayitas azules y blancas y la camiseta de judas priest que me había regalado mi exnovio la navidad pasada. Ahora no me besaba la espalda, sino que lamía mi vientre y jugueteaba con el piercing del ombligo. Me reía mientras sostenía sus manos, que tocaban mis senos cuando su boca bajaba hasta mi sexo. Y ya no quería mirar la oscuridad, sólo sentirla inundarme, mientras pequeños escalofríos estremecían mi cuerpo y el sudor salía por mis poros. Cuando abrí los ojos, mientras mordía mis dedos, lo vi, abajo, cálido, con los ojos cerrados. Aún lo puedo ver, tan indefenso, tan sencillo, tan él. Cuando él me miró, fue como estar en otra parte, donde lo importante no es que haya sido todo tan rápido, sino la intensidad con que el momento se queda impreso en la memoria. La oscuridad seguía insondable, pero ahora glory box resonaba no sólo en la recámara, sino en mi piel, en mi memoria.

1 comentario:

Anónimo dijo...

esto es lo mejor que me han escrito.