viernes

Olinka cerró la puerta del departamento y se sentó en el suelo, recargándose en la puerta. Escuchaba como él bajaba rápidamente los escalones. Después pudo distinguir como los goznes de la puerta rechinaban mientras él pasaba a través de esta.
Se tocó suavemente los labios mientras pensaba en él. Besándola, abrazándola, acariciándola. Estaba contenta, satisfecha, tranquila.
Se levantó y fue hacia el baño. Se lavó la cara, se cepilló los dientes y se puso el tratamiento que noche a noche se aplicaba en el rostro y cuello. Se puso la pijama y se acostó en la cama. Leyó un poco, hasta que su esposo llegó del trabajo.
Ella lo miró y le dio un beso. Le dijo -Te amo- y se quedó dormida.

Al otro día, Olinka volvió a verlo. Él era su jefe. Delgado, joven, con una linda sonrisa y ojos color miel. Pero lo que más le gustaba a Olinka eran sus antebrazos, musculosos y con las venas muy definidas. Y su fragancia, que cuando llegaba a algún lugar, inundaba el espacio. No era necesario levantar el rostro para saber que él estaba ahí.
Esa tarde, su jefe la invitó a comer. Y mientras platicaban de la oficina, él no dejaba de besarla, de admirarla, de decirle cuanto le gustaba. Olinka se sentía bella, inteligente, eficiente. Y ella no dejaba que pasara mucho tiempo entre los besos, pues le encantaba sentir que besaba a alguien que no era su marido.

1 comentario:

chemohis dijo...

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